El cartel de Cali

5 10 2006

Recordó su infancia en los suburbios de la zona sur, a orillas del Cauca, y también recordó a su abuelo llevando la barriga floja debajo de la camiseta colorada, bamboleante sobre los pantalones azules que le apretan los tobillos sin calcetines. A su lado, su amigo Leonel apagaría el enésimo cigarrillo negro del día y una radio atronaría con rumbas añejas. Esto era su barrio, un basurero que esconde tesoros de lata, chapa, cartón y vidrio. En medio de una casucha llamada “Lolita”, su abuelo es dueño de un universo cartonero. En la puerta del habitáculo flamea una banderita del Deportivo de Cali. Su abuelo tiene ahora 72 años y vino de Manizales para buscar algo mejor y encontró el correr con el carrito tras la esperanza de cuarenta kilos de cartón. Delante de la casa del abuelo, el sendero sigue hacia atrás, hacia el río. Delante de su casa las vacas pastan adormecidas y los terneros esperan tiempos mejores. A los pies de la casucha las gallinas se alborotan. Luz tiene. Agua no. Tres tinancos de veinte litros almacenan lluvia para lavar la ropa. Para el resto suele caminar hasta la fuente, cerca del puente. Con el pensamiento puesto en su abuelo dieron las tres de la tarde y Filmar Lozano inició el paseíllo que abría la Feria de la Caña de Azúcar de Cali. El cielo prometía una tarde esplendorosa. Y el sol chorrea sobre las chimeneas de los ingenios azucareros, falso y hermoso. La leyenda violenta de su barrio irradiaba de muerte las esquinas donde los futuros sicarios crecían. Ahí, del otro lado del río, cruzando el puente comenzaba la tierra donde parecía reinar otra ley, o ninguna. Desde ahí hasta la Hacienda donde se casó Filmar, “El Cafetal de Oro”, había apenas 20 Kilómetros.

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Blog de papel

5 10 2006

Recopilación de relatos y cuentos escritos en los últimos años.

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Chu Alai, el detective del Jai Alai

5 10 2006

Mi primo Wong, el chino feliz de Chinatown, mandó a buscarme a la oficina que había habilitado en Union Square de San Francisco, donde viviría en tanto durase el caso del pelotari/cocinero desaparecido una noche de bruma en el barrio de Castro. La última vez que le vieron iba con la txapela de campeón del Santo Cristo de Otadía envuelto en una bandera arco iris y montado en un carro de hipermercado que empujaba un homeless de Arlington, Virginia. Tras llegar al barrio de Misiones desaparecieron misteriosamente.

Mi nombre es Chu Alai, mi anterior trabajo lo desempeñé como intendente del frontón de Macao, por eso me llaman así, con ese nombre mezcla vascomandarín. Un cabrón cestapuntista de Berriatua me bautizó de esa manera, con esa socarronería aldeana que destilan en su País Vasco naif –tipo Darío de Regoyos–. En la actualidad me dedico a resolver entuertos detectivescos en cualquier lugar del mundo. Allá donde exista un misterio por desfacer allá que me voy. Mi red de familiares repartidos por los chinatowns del mundo hace posible que no me falte trabajo.

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