Un cuento de hace años

15 02 2007

Este cuento “El adiós” lo escribí hace casi 20 años. Hoy lo vuelvo a recuperar.

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Dar es Salaam: relatos de viajes

5 10 2006

Cuando la señorita Conchi preguntó por la capital de Tanzania me sobrevino una sonrisa de satisfacción. Sabía la respuesta, lo que pasa que no la tenía que dar yo. Le tocaba a Rafa, el número dos de la clase. Lo sabía fijo. Rafa titubeó y sus labios silbaron para pronunciar Dar es Salaam. Yo también lo sabía. Siempre me había gustado la palabra Tanganika, me recordaba a estar en canicas con las negras en el lago. Aquel en el que Stanley se empeñaba en encontrar a Livingstone por todo el África negra. I supose. Zumba que zumbó polvo de cañón. Los esclavos de Zanzibar sirviendo al visir de turno también me ponían cachondo, sobre todo cuando leía las aventuras de Leila, la de los pechos duritos que se clavaban en la túnica al salir de entre las olas índicas. Ahora bien, cuando me enamoré de verdad fue con La estrella del Sur . Un tebeo que se desarrollaba entre los diamantes de Kimberley, avestruces, haciendas con la quietud selvática al fondo y una rubia apamplada que me traía loco pensando que era mi mujer ideal. Años más tarde regresé de verdad a África del Sur para cubrir una visita real donde la reina se marcó unos pasos de baile, creo que por la triste Soweto. Mucho más marchosa era la de Johana Jimmy hop de Eddy Grant en plena transición de Botha, De Clerk y por fin Mandela. Ahora bien, pensar en Antananarivo, capital de Madagascar, era otra cosa. Me la imaginaba con una clase especial. Más mestiza. Es curioso como se imagina uno las regiones, las ciudades, los países del mundo… con diez años de edad, y que reales y desilusionantes son cuando años después saltan al CNN Plus pegando tiros de Kalasnikov.

Descárgate mis descripciones de lugares como San Cristobal de las Casas, Chichicastenango, Benarés o La Habana.

Dar es Salaam





Diario de un olivense

5 10 2006

La nevada
La nevada me ha dejado los hueso helados y el cabrón del gasoil no ha venido, así que la calefacción no chuta. Que tenía mucho trabajo, me ha dicho, y que para cuatro que estáis del Reláchigo para allá, casi en Burgos, que no se arriesgaba a subir la Degollada. Menudo artista, encima cuando descarga no se quita el cigarro de la boca. Algún día vamos a volar hasta la Loma.
Para entrar en calor he cogida a la perra y hemos salido a ver si pillábamos a la rabona. Huellas sí que había, lo que quiere decir que Murchantino se me ha adelantado y mañana cenará liebre. Así que me he dejado caer donde Esteban para que me dé la tarjeta del coto de pesca. Estaban los habituales en el bar y Esteban me ha dicho que él no sabía nada pero que mañana echaban truchas en la presa. Me ha pagado el vino el Músico y allí les he dejado a los parroquianos habituales discutiendo sobre el Titín III.
Luego he partido algo de leña, casi me seccionó en dos. El hacha ha pasado rozando a la perra y me ha lanzado un gruñido “hijoputa”.

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Diario de un olivense





Eurocopa Portugal 2004

5 10 2006

Aúpa Viriato
Escribo para el periódico euskaldun Euskal Sport, y antes que nada les diré que es la alternativa vasca al Marca, As y Mundo Deportivo, que habilmente ejercen de contrapoder español en cuestiones deportivas. Me han comentado que un grupo de empresarios pro plan Ibarretxe ha puesto la tela para la salida del diario. Así que me ha dicho mi director Florenzio P. (es de Pérez) Aurrekoetxea que tengo que darle a toda la información un sesgo jeltzale. Jaingoikoa! yo que provengo de una familia vasca, pero española hasta la médula. Si me viera mi padre trabajando para los separatistas.

El caso es que tengo que preparar las maletas para Portugal y hacer el seguimiento de la Eurocopa, en concreto de la selección estatal (ya voy aplicando la terminología correcta). Hay que tener en cuenta que en ella se encuentran varios de los nuestros. Tal es el caso del propio Iñaki Sáez, Manolo Delgado Meco (que aunque es de Alcázar de San Juan, Ciudad Real, su vida la ha desarrollado en el botxo), Joseba Etxeberria, Xabi Alontso y Dani Aranzubia (que es de Fuenmayor, La Rioja, pero su apellido hace de label vasco de Kalitatea). Sin olvidarnos de Txulen Villar, el lehendakari de la Federación estatal que últimamente anda metido en follones judiciales, y los del Grupo Prisa le están dando viajes desde hace tiempo.
Escribiré, por tanto, unas bellas crónicas lusitanas en forma de fado que recojan todo lo que vamos a vivir en la Eurocopa de Portugal.

No te pierdas estas crónicas diferentes de la Eurocopa que se celebró en Portugal 2004.

Eurocopa 2004





El marmol caliente del Taj Mahal

5 10 2006

Gusnhu conducía descalzo, con un canuto hindú en los labios y con la música de la Rocio Jurado autóctona a tope. De vez en cuando miraba a lo que presumiblemente era la carretera y pasábamos rozando los chillones saris de las mujeres, que asustadas se dirigían a la tarea diaria de acarrear agua al atardecer. Le pasé un Winston a Gusnhu, gruñó unas gracias en una de las mil lenguas que recorren la India y esquivó a la enésima vaca que paseaba a su aire su esquelético cuerpo.

Nos dirigíamos de Jaipur hacia Agra atravesando parte del Rajhastan, no habíamos librado todavía ningún bache y el culo se me estaba quedando como un bebedero de patos. Le dije a Gusnhu que estuviera más atento, por lo menos a los camiones y autobuses que se cruzaban tocando la bocina como posesos. La cuneta la visitamos en unas cuantas ocasiones. En una de ellas un camello nos miró desde su altivez, acostumbrado a ver como algunos vehículos aparcaban contra los sacos de arroz que transportaba. Gusnhu me dió una calada de su canuto, me supo a cuando fumaba artobizarra en la huerta del viejo.

El atardecer se iba poniendo más rojizo, el verde de los campos de arroz se tornó más agradable, miéntras los hombres se acuclillaban alrededor del último rumor de la aldea. Una vez más miré al sol, los crepúsculos siempre han podido conmigo y pensé en otro atardecer donde unas notas negras de jazz impregnaron para siempre mi alma.

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El marmol caliente del Taj Mahal





La bahía normanda

5 10 2006

La fina lluvia calaba sin piedad su cuerpo y eso que se había pertrechado con un chambergo que había encontrado en casa. Seguramente habría pertenecido al antiguo propietario de la casita. Llevaba más de un kilómetro caminando por las rocas en dirección al embarcadero, su casa se situaba en lo alto del acantilado desafiando al fuerte viento del Canal. Había leído el breve anuncio en el periódico local de Rennes: “casa al borde del mar en Normandía, para solitarios”. El hombre de la agencia se la enseñó el sábado último de agosto y él le pagó los 25.000 francos el domingo. El lunes Bernard se instaló en la casa, antes adquirió comida, ropa y utensilios en el Intermarchè de una cercana y pequeña ciudad.
Bernard vio el bote al comienzo del pequeño embarcadero, lo distinguió porque el encargado de la agencia se la había descrito cuando cerró el trato de la casa. Además el nombre de La Renarde se adivinaba entre la descascarillada pintura blanca del casco. Tenía remos y un pequeño motor fuera borda. Antes de introducir su pie en el interior achicó con un pequeño caldero el agua de lluvia que había caído en la barca. “Buena para cocer garbanzos”, pensó. Unos metros más adelante un viejo marinero era ayudado por una niña con los aparejos de pesca. Llevaba un impermeable amarillo, como los operarios del Ministerio de Obras Públicas. La niña miró a Bernard con curiosidad, sin duda no lo conocía. El viejo tampoco y siguió cargando las cañas y los cebos en el bote.

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La bahía normanda





El floping de Iván

5 10 2006

Heriberto sobó una vez más la portada del País Semanal de diciembre del 97 y releyó de nuevo el reportaje sobre Madalena Albright, “no te jode que es checa y se fue a Estados Unidos con 12 años”, puso un poco más de cello en el borde del suplemento y se dirigió a la Plaza Marte. El calor de agosto se pegaba igual que las medusas en la playa de Siboney por lo que las lomas en Santiago de Cuba había que subirlas despacito. Heriberto hoy como ayer, ni anteayer, ni el anterior iría a trabajar a la fábrica textil, la falta de materia prima era la causa de que la fábrica estuviera con bastante menos rendimiento del habitual. Paró a tomar un refresco de guayaba y observó como unos hombres descargaban hielo para una vetusta tienda que era atendida por una vieja que en esos momentos se encendía un puro, “la vieja Mayra y sus puros”, pensó. La saludó con un “hasta luego mi amor”, siguió caminando mientras el sudor le recorría su mulata frente. Una vez había visto boxear a Félix Savón en directo y pudo comprobar que su ídolo era un fuera de serie, destrozó en el cuadrilátero a su rival dominicano. Heriberto llevaba años siguiéndole por la prensa, radio y televisión y nunca le había defraudado. El resto de la Peña Marte era también fanático de Savón y de Mohamed Alí, por cierto el norteamericano pronto realizaría una visita a los olímpicos cubanos en Cerro Pelado. Era su noticia. Hoy la soltaría a sus amigos.
El chino Ramírez metió el puerco al corralillo, le echo de comer las cascaras del fongo que su madre había freído con manteca, se dio cuenta que para fin de año el animalito tendría el peso ideal. Estaba de vacaciones en la ebanistería en la que también trabajaba su padrastro, su verdadero padre había huido con una tremenda negra, otra de tantas, a La Habana donde tocaba los juegos. El chino aprovechaba las vacaciones para no perderse ninguna mañana las tertulias de los fanáticos deportivos. Su especialidad era el atletismo, podía recitar los récords mundiales de 1.500 desde los tiempos de Sebastian Coe, sin contar las especialidades en que los cubanos han destacado: el salto largo, el alto, los cuatrocientos de Juantorena y los 800 de Ana Fidelia. Dijo adiós a su mamá y le gritó que hoy llegaría algo tarde a almorzar. Le llamaban el chino, aunque su piel era puro chocolate con leche, porque todavía se adivinaban en sus ojos el origen cantonés de su bisabuelo, aquel que vino en el Orozco y trabajó en la lavandería de la calle Heredia. El chino tenía un amigo en el Morro que era guía de la fortaleza que se alzaba a la entraba de la bahía de Santiago, éste a su vez tenía una hermana que a veces le acompañaba y que cuando se abanicaba en la torreta las partes del chino se endurecían. Además preparaba un cocido criollo que hasta los ojos se le enderezaban.

Tras explicar por enésima vez la técnica del ippon Faustino López dio por finalizad la clase de judo. No echaba de menos sus años de la medalla de bronce en Montreal y su campeonato en los Panamericanos de Guayaquil. Ahora daba sus lecciones en el gimnasio Hiroshima en la misma Plaza donde se reunía con sus amigos para discutir todo aquello que era susceptible de ser discutido. La negra calva le brillaba y transmitía su reflejo a los azulejos del vestuario mientras guardaba el cinturón negro en la taquilla. Faustino era una eminencia, respetado porque era uno de los santiagueros más laureados y porque durante 15 años había viajado con la selección nacional por todo el mundo. Cuando Faustino hablaba de los diversos lugares del planeta todos callaban, cuando hablaba de Maradona aquello se convertía en una jaula de grillos “drogadicto”, “el mejor del mundo”, “virguero”. Miró por la empolvada ventanilla del gimnasio y vio que alguno ya estaba bajo la flamboyera. Su vieja mamá, una matancera que creía en los orishas y la santería, estaba postrada en la cama desde hace años a causa de una enfermedad de los huesos que se negaba a tratar mediante la medicina de los médicos, ella se aliviaba con yerbas que traía un sobrino de Pinar del Río, junto al catre se amontonaban los recortes del Granma en los que se hacía alusión a su hijo a lo largo de todas las competencias por el mundo. El padre de Faustino, Miguel, había combatido con el Che en la histórica toma de Santa Clara, había muerto hace unos años, casi cuando su madre se tumbó en la cama. Faustino cerró la ventana y cruzó la calle que le separaba de la Plaza.

Leandro Silva, el único blanco de la Peña Marte, era raro ver a blancos en una ciudad tan negra como Santiago, tocaba el saxo en el “Septeto Guajiro” que solía actuar en la Casa de la Trova, su vida era el danzón, el son y la guaracha, su otra pasión era la pelota. Al igual que el resto de sus amigos acudía todos los partidos que en el estadio de béisbol disputaba su equipo, sobre todo si tenían enfrente a Industriales de La Habana. Su ídolo era Antonio Pacheco, un negro de Palma Soriano varias veces campeón olímpico y del mundo que pegaba unos impresionantes batazos que mayormente acababa, según Leandro, en jonron. Había regresado de madrugada después de tocar en el “Cabaret bajo las Estrellas” del Cruce de los Baños en la Sierra Maestra. Los campesinos son muy agradecidos con los músicos de la capital, lo malo eran los amplificadores de la DDR que en vez de aumentar el sonido lo embotaba y el “Me voy para Macarey” de Campoy Segundo no se distinguía más allá de la tapia. Su amigo Richard había bajado del Saltón a saludarlo, siempre lo hacía. Richard tocaba las maracas en el Trío Las Palmas junto al Añejo (92 años), y Luisito, el Jimmy Hendrix del Cruce. Richard también se dedicaba al campo y tenía plantado algo de café de sombra, el maíz este año no se había dado, sin embargo las abejas se habían portado llenando los paneles. Tutú, el gallo de pelea, se encontraba en plena forma y pronto lo enfrentaría en los carnavales de San Luis donde esperaba ganar algunos pesos con él. Leandro ensayó por última vez las notas de una afamada pieza de Los Van Van y se dirigió en su bici a su cita diaria en la Plaza Marte.
En verano la joyería estaba medio cerrada, por lo menos Yaroslavich –Yaro en la Plaza Marte– estaba de vacaciones, sin embargo hoy se había pasado por allí porque era el cumpleaños de José y siempre se estiraba con un quel. Tomaron ron y le cantaron una guajira y luego otra y otra. Yaro era joven, 20 años, casi nunca intervenía entre los fanáticos. Sólo lo hacía cuando la conversación se derivaba al baloncesto, entonces sus gestos se convertían en tiros a canasta y pases por detrás mientras explicaba las alabanzas del Mago Jonhson. Tenía una novia rubia pero mulatilla, hija de un chofer que trasladaba turistas en su carro particular por toda la provincia de Santiago. Arianne era celosa y cuando comenzaba a oscurecerse el día seguía a Yaro por toda la ciudad. Había razones para ello pues tenía mucho atractivo con las mujeres, desde niño lo había tenido. Su hermana Jael el martes cumplía 15 años por ese motivo toda su familia se estaba preparando para la gran celebración. El licor de Maney llevaba unos días cogiendo el sabor al igual que la casa a la que estaban dando una mano de pintura blanca para la ocasión. Jael apuntaba alto, o eso es lo que opinaban los chicos del barrio que la veían como una auténtica beldad. Sus generosos y tiesos pechos parecían corroborarlo. Para ella iba a ser uno de los días más importantes de su vida, y para Raúl el chico en el que había puesto los ojos. Por fin él la podría cortejar y bailar pegados las canciones de Alejandro Sanz sin que sus padres pusieran el grito en el cielo. El camión de la cerveza a granel llegaría el lunes por la noche para ir calentando la fiesta y el casé Grundig que le había regalado un turista a Yaro no pararía de inundar el barrio de música. Algo borracho pasó por la fábrica de tabaco y enfiló hacia la catedral
La televisión retransmitía los centroamericanos de Maracaibo. Siempre que había un gran acontecimiento colocaban un televisor en la plaza debajo de un árbol y allí todos juntos, toda la Peña Marte, veían las diferentes pruebas. Los centroamericanos era una competición demasiado fácil para Cuba, llevaba más de 150 medallas de oro, y la verdad no despertaba demasiada expectación. Las olimpiadas era otra cosa. El chino Ramírez era el técnico especialista para que el aparato búlgaro nos los dejara sin imágenes. No como cuando se fundió en Atlanta 96 y Norberto Téllez iba a disputar la semifinal de 800, los improperios que le cayeron al chino se oyeron hasta en la todavía británica Hong Kong. Llegaban noticias que en Maracaibo el termómetro se derretía a 42 grados. En Santiago sólo hacia 36, pero con una humedad del 94%, según “Noticias de Televisión. “Se respiraba agua”, comentó Efraín, un veterano de Angola.
Aquella mañana las dos mesas donde se jugaba al dominó se habían ocupado rápidamente, las fichas chocaban con gran estruendo contra la mesa, las voces a veces superaban el trajín de las fichas. Faustino llevaba entre sus cuadernos de Educación Física un anuario del periódico Marca de 1999, siempre lo sacaba a relucir cuando los tertulianos no se acordaban de algún récord que tuvo lugar por ejemplo en las pistas del meeting de Zurich. Heriberto y su altura de exjugador de voley se destacaba en la plaza, hoy el calor lo mataba y afectaba a sus neuronas que las tenía que tener frescas, se lo pidió por favor que así fuera a la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de la Isla y Ochun.
Ese día el doping ocupó los comienzos de la discusión, “la RDA era un laboratorio andante”. Sin embargo la temperatura subió cuando alguien trajo una tabla comparativa que publicaba Rebelde sobre la evolución de los récords en el salto largo entre Iván Pedroso, Carl Lewis, Mark Powel y Bob Beamon. Había partidarios de Lewis que no cedían en nada a la hora de proclamar al mejor saltador de longitud del mundo, “aunque fuera norteamericano”, otros comentaban que el salto de Beamon en México 68 fue un churro, otros que el churro fue el de Powel en Tokio 91. Sin embargo ese día la tertulia se acabó cuando el chino Ramírez demostró que Iván Pedroso era el que tenía el mejor floting. “Se cuelga en el aire”, sentenció.
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El floping de Iván