El floping de Iván

5 10 2006

Heriberto sobó una vez más la portada del País Semanal de diciembre del 97 y releyó de nuevo el reportaje sobre Madalena Albright, “no te jode que es checa y se fue a Estados Unidos con 12 años”, puso un poco más de cello en el borde del suplemento y se dirigió a la Plaza Marte. El calor de agosto se pegaba igual que las medusas en la playa de Siboney por lo que las lomas en Santiago de Cuba había que subirlas despacito. Heriberto hoy como ayer, ni anteayer, ni el anterior iría a trabajar a la fábrica textil, la falta de materia prima era la causa de que la fábrica estuviera con bastante menos rendimiento del habitual. Paró a tomar un refresco de guayaba y observó como unos hombres descargaban hielo para una vetusta tienda que era atendida por una vieja que en esos momentos se encendía un puro, “la vieja Mayra y sus puros”, pensó. La saludó con un “hasta luego mi amor”, siguió caminando mientras el sudor le recorría su mulata frente. Una vez había visto boxear a Félix Savón en directo y pudo comprobar que su ídolo era un fuera de serie, destrozó en el cuadrilátero a su rival dominicano. Heriberto llevaba años siguiéndole por la prensa, radio y televisión y nunca le había defraudado. El resto de la Peña Marte era también fanático de Savón y de Mohamed Alí, por cierto el norteamericano pronto realizaría una visita a los olímpicos cubanos en Cerro Pelado. Era su noticia. Hoy la soltaría a sus amigos.
El chino Ramírez metió el puerco al corralillo, le echo de comer las cascaras del fongo que su madre había freído con manteca, se dio cuenta que para fin de año el animalito tendría el peso ideal. Estaba de vacaciones en la ebanistería en la que también trabajaba su padrastro, su verdadero padre había huido con una tremenda negra, otra de tantas, a La Habana donde tocaba los juegos. El chino aprovechaba las vacaciones para no perderse ninguna mañana las tertulias de los fanáticos deportivos. Su especialidad era el atletismo, podía recitar los récords mundiales de 1.500 desde los tiempos de Sebastian Coe, sin contar las especialidades en que los cubanos han destacado: el salto largo, el alto, los cuatrocientos de Juantorena y los 800 de Ana Fidelia. Dijo adiós a su mamá y le gritó que hoy llegaría algo tarde a almorzar. Le llamaban el chino, aunque su piel era puro chocolate con leche, porque todavía se adivinaban en sus ojos el origen cantonés de su bisabuelo, aquel que vino en el Orozco y trabajó en la lavandería de la calle Heredia. El chino tenía un amigo en el Morro que era guía de la fortaleza que se alzaba a la entraba de la bahía de Santiago, éste a su vez tenía una hermana que a veces le acompañaba y que cuando se abanicaba en la torreta las partes del chino se endurecían. Además preparaba un cocido criollo que hasta los ojos se le enderezaban.

Tras explicar por enésima vez la técnica del ippon Faustino López dio por finalizad la clase de judo. No echaba de menos sus años de la medalla de bronce en Montreal y su campeonato en los Panamericanos de Guayaquil. Ahora daba sus lecciones en el gimnasio Hiroshima en la misma Plaza donde se reunía con sus amigos para discutir todo aquello que era susceptible de ser discutido. La negra calva le brillaba y transmitía su reflejo a los azulejos del vestuario mientras guardaba el cinturón negro en la taquilla. Faustino era una eminencia, respetado porque era uno de los santiagueros más laureados y porque durante 15 años había viajado con la selección nacional por todo el mundo. Cuando Faustino hablaba de los diversos lugares del planeta todos callaban, cuando hablaba de Maradona aquello se convertía en una jaula de grillos “drogadicto”, “el mejor del mundo”, “virguero”. Miró por la empolvada ventanilla del gimnasio y vio que alguno ya estaba bajo la flamboyera. Su vieja mamá, una matancera que creía en los orishas y la santería, estaba postrada en la cama desde hace años a causa de una enfermedad de los huesos que se negaba a tratar mediante la medicina de los médicos, ella se aliviaba con yerbas que traía un sobrino de Pinar del Río, junto al catre se amontonaban los recortes del Granma en los que se hacía alusión a su hijo a lo largo de todas las competencias por el mundo. El padre de Faustino, Miguel, había combatido con el Che en la histórica toma de Santa Clara, había muerto hace unos años, casi cuando su madre se tumbó en la cama. Faustino cerró la ventana y cruzó la calle que le separaba de la Plaza.

Leandro Silva, el único blanco de la Peña Marte, era raro ver a blancos en una ciudad tan negra como Santiago, tocaba el saxo en el “Septeto Guajiro” que solía actuar en la Casa de la Trova, su vida era el danzón, el son y la guaracha, su otra pasión era la pelota. Al igual que el resto de sus amigos acudía todos los partidos que en el estadio de béisbol disputaba su equipo, sobre todo si tenían enfrente a Industriales de La Habana. Su ídolo era Antonio Pacheco, un negro de Palma Soriano varias veces campeón olímpico y del mundo que pegaba unos impresionantes batazos que mayormente acababa, según Leandro, en jonron. Había regresado de madrugada después de tocar en el “Cabaret bajo las Estrellas” del Cruce de los Baños en la Sierra Maestra. Los campesinos son muy agradecidos con los músicos de la capital, lo malo eran los amplificadores de la DDR que en vez de aumentar el sonido lo embotaba y el “Me voy para Macarey” de Campoy Segundo no se distinguía más allá de la tapia. Su amigo Richard había bajado del Saltón a saludarlo, siempre lo hacía. Richard tocaba las maracas en el Trío Las Palmas junto al Añejo (92 años), y Luisito, el Jimmy Hendrix del Cruce. Richard también se dedicaba al campo y tenía plantado algo de café de sombra, el maíz este año no se había dado, sin embargo las abejas se habían portado llenando los paneles. Tutú, el gallo de pelea, se encontraba en plena forma y pronto lo enfrentaría en los carnavales de San Luis donde esperaba ganar algunos pesos con él. Leandro ensayó por última vez las notas de una afamada pieza de Los Van Van y se dirigió en su bici a su cita diaria en la Plaza Marte.
En verano la joyería estaba medio cerrada, por lo menos Yaroslavich –Yaro en la Plaza Marte– estaba de vacaciones, sin embargo hoy se había pasado por allí porque era el cumpleaños de José y siempre se estiraba con un quel. Tomaron ron y le cantaron una guajira y luego otra y otra. Yaro era joven, 20 años, casi nunca intervenía entre los fanáticos. Sólo lo hacía cuando la conversación se derivaba al baloncesto, entonces sus gestos se convertían en tiros a canasta y pases por detrás mientras explicaba las alabanzas del Mago Jonhson. Tenía una novia rubia pero mulatilla, hija de un chofer que trasladaba turistas en su carro particular por toda la provincia de Santiago. Arianne era celosa y cuando comenzaba a oscurecerse el día seguía a Yaro por toda la ciudad. Había razones para ello pues tenía mucho atractivo con las mujeres, desde niño lo había tenido. Su hermana Jael el martes cumplía 15 años por ese motivo toda su familia se estaba preparando para la gran celebración. El licor de Maney llevaba unos días cogiendo el sabor al igual que la casa a la que estaban dando una mano de pintura blanca para la ocasión. Jael apuntaba alto, o eso es lo que opinaban los chicos del barrio que la veían como una auténtica beldad. Sus generosos y tiesos pechos parecían corroborarlo. Para ella iba a ser uno de los días más importantes de su vida, y para Raúl el chico en el que había puesto los ojos. Por fin él la podría cortejar y bailar pegados las canciones de Alejandro Sanz sin que sus padres pusieran el grito en el cielo. El camión de la cerveza a granel llegaría el lunes por la noche para ir calentando la fiesta y el casé Grundig que le había regalado un turista a Yaro no pararía de inundar el barrio de música. Algo borracho pasó por la fábrica de tabaco y enfiló hacia la catedral
La televisión retransmitía los centroamericanos de Maracaibo. Siempre que había un gran acontecimiento colocaban un televisor en la plaza debajo de un árbol y allí todos juntos, toda la Peña Marte, veían las diferentes pruebas. Los centroamericanos era una competición demasiado fácil para Cuba, llevaba más de 150 medallas de oro, y la verdad no despertaba demasiada expectación. Las olimpiadas era otra cosa. El chino Ramírez era el técnico especialista para que el aparato búlgaro nos los dejara sin imágenes. No como cuando se fundió en Atlanta 96 y Norberto Téllez iba a disputar la semifinal de 800, los improperios que le cayeron al chino se oyeron hasta en la todavía británica Hong Kong. Llegaban noticias que en Maracaibo el termómetro se derretía a 42 grados. En Santiago sólo hacia 36, pero con una humedad del 94%, según “Noticias de Televisión. “Se respiraba agua”, comentó Efraín, un veterano de Angola.
Aquella mañana las dos mesas donde se jugaba al dominó se habían ocupado rápidamente, las fichas chocaban con gran estruendo contra la mesa, las voces a veces superaban el trajín de las fichas. Faustino llevaba entre sus cuadernos de Educación Física un anuario del periódico Marca de 1999, siempre lo sacaba a relucir cuando los tertulianos no se acordaban de algún récord que tuvo lugar por ejemplo en las pistas del meeting de Zurich. Heriberto y su altura de exjugador de voley se destacaba en la plaza, hoy el calor lo mataba y afectaba a sus neuronas que las tenía que tener frescas, se lo pidió por favor que así fuera a la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de la Isla y Ochun.
Ese día el doping ocupó los comienzos de la discusión, “la RDA era un laboratorio andante”. Sin embargo la temperatura subió cuando alguien trajo una tabla comparativa que publicaba Rebelde sobre la evolución de los récords en el salto largo entre Iván Pedroso, Carl Lewis, Mark Powel y Bob Beamon. Había partidarios de Lewis que no cedían en nada a la hora de proclamar al mejor saltador de longitud del mundo, “aunque fuera norteamericano”, otros comentaban que el salto de Beamon en México 68 fue un churro, otros que el churro fue el de Powel en Tokio 91. Sin embargo ese día la tertulia se acabó cuando el chino Ramírez demostró que Iván Pedroso era el que tenía el mejor floting. “Se cuelga en el aire”, sentenció.
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